Sherpa de Vitoria, 30 años de ochomiles, “O lo quieres como es, o lo tiras”

Juanito_Oiarzabal

Homenaje al posiblemente, mejor y más puro Himalayista de todos los tiempos.  

Lo normal es que Juanito Oiarzabal hubiera nacido en alguna de las aldeas que salpican el valle del Khumbu, hoy golpeadas por el terrible seismo que asoló Nepal, y que en su ADN estuvieran todos los rasgos que caracterizan a la raza sherpa. En realidad, es un sherpa alumbrado en Vitoria, una anomalía de la naturaleza.

Fisiológicamente, Juanito es como ellos. Estatura recogida, gran tórax, piernas poderosas, capacidad pulmonar ilimitada y una perfecta adaptación a la altura. Le delatan la voz, el acento y el espíritu: es irremediablemente vasco.

“Cuando estoy en el Himalaya, me paso el día hablando de Vitoria. Y cuando estoy en Vitoria, no paro de hablar del Himalaya”. Así es Juanito. Un hombre entre dos mundos.

Los ochomiles y el Gorbea. Disfruta tanto subiendo aquellos como escalando cerca de casa. La gloria se la han dado las moles asiáticas. 30 años ya desde aquel mediodía, ganando paso a paso los últimos metros en el largo plató que corona el Cho Oyu.

Juanito son los ochomiles pero también lo que les rodea: sus gentes, la cultura sherpa, el budismo, los mitos himaláyicos. Es grande por sus logros deportivos en las montañas sagradas pero también por acercarlas a la gente, por su divulgación y la pasión que pone al contarlo. Nada sabríamos del Everest sin Juanito. Términos como campo base o aclimatación nos son familiares gracias a este fabuloso narrador de historias y epopeyas que es el sherpa de Vitoria. Nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos. Así que sólo le pedimos que siga volviendo para contarlo. Eskerrik asko, Juanito. Por Roberto Palomar

Hoy se cumplen tres décadas desde que Juanito holló el Cho Oyu

Cuando hace hoy exactamente treinta años un joven, menudo -y prácticamente desconocido para el gran público- montañero vitoriano ponía sus pies en la cumbre del Cho Oyu y, según cuenta la leyenda, sacó un paquete de Ducados de uno de sus bolsillos y se sentó a disfrutar de las vistas mientras se fumaba uno de los cigarrillos, seguro que no podía siquiera soñar con que, tres décadas después, iba a ser uno de los alpinistas más conocidos en todo el mundo. O quizás sí. Porque si algo define a Juanito Oiarzabal (Vitoria, 1956) es su tesón -cabezonería dirían otros- y su capacidad para darlo todo en pos de un objetivo por complicado e inverosímil que pueda parecer a ojos de los demás.

Gracias a eso -y por supuesto a su notable capacidad para moverse entre los grandes colosos de la Tierra-, hoy en día, cumplidos ya los 59 años, puede presumir de ser el hombre con más ascensiones a ochomiles en su currículo (nada menos que veintiséis) y, lo que probablemente todavía es más importante, seguir en activo tras haber superado enormes obstáculos en el camino.

Difícilmente podría entenderse el alpinismo moderno vasco -y por extensión el estatal y el internacional- sin la característica e inconfundible voz ronca del alavés como una de sus principales señas de identidad. Con un carácter áspero como las montañas a las que lleva enfrentándose toda la vida que no entiende de medias tintas, se ha ganado a lo largo de todos estos años infinidad de admiradores pero también un buen número de detractores que, sin embargo, poco pueden decir ante su espectacular hoja de servicios.

Tras despuntar como un notable gimnasta en su adolescencia, una excursión acompañando a su hermano a Egino sirvió para descubrirle el que a partir de entonces y para siempre sería ya su mundo. De esta manera, pronto demostró ser un más que avezado alumno de aquellos que más experiencia tenían en ese campo y les dejó atrás. Los límites locales pronto se le quedaron muy pequeños y comenzó a buscar nuevos desafíos recorriendo las etapas habituales. Pirineos, Picos de Europa, Alpes, Andes… hasta desembocar, como no podía ser de otra manera, en el gran destino por excelencia, el Himalaya.

Tras una experiencia inicial en el Kangchuntse -un sietemil muy próximo al Makalu- en la que la cumbre se le resistió y dos ascensiones posteriores de mérito al Aconcagua (la quinta invernal) y el Mc Kinley, por fin en 1985 Juanito acometió su primer intento de asalto a un ochomil. Su gran sueño. El elegido fue el Cho Oyu, la sexta montaña más elevada del planeta con sus 8.201 metros. Sin ser de los más difíciles, el objetivo no dejaba de ser complejo para un grupo que, además, vivía su bautismo en estas alturas. Pese a encontrarse con problemas logísticos inesperados con el gobierno chino que les obligaron a estar parados durante varias jornadas, finalmente ocho integrantes de la expedición alcanzaron la cumbre. Entre ellos Oiarzabal, que aquel 15 de mayo de 1985 puso el primer peldaño de la escalera por la que ha ascendido hasta el olimpo de la montaña en el que se encuentra.

Y es que lejos de darse por satisfecho o desencantarse con la experiencia, este éxito no hizo sino inocular aún más el veneno de los ochomiles en el vitoriano. Claro que, entonces, la montaña no pasaba de ser una afición -absorbente y muy cara además- que debía compaginar con su trabajo en la pescadería. Para poder organizar una expedición había que llamar a mil puertas y dedicar horas y horas de esfuerzo. Pero el objetivo siempre merecía la pena.

Ser el 6º en completar los 14 ochomiles.

Así, en 1987, añadió una nueva muesca a su incipiente lista, el Gasherbrum II. El grupo pretendía ascender inicialmente el Hidden Peak pero diversos problemas provocaron que se dieran la vuelta. Todos menos Juanito y su inseparable Atxo Apellániz, que decidieron aprovechar que la ruta del cercano GII estaba equipada por una cordada anterior para asaltarlo (en estilo casi alpino y sin permiso).

A partir de ese momento, Oiarzabal enlaza varios proyectos de enorme dificultad en los que persigue ascensiones por las rutas más exigentes. Unos desafíos de tal magnitud que le impiden hacer cumbre pese a estar casi siempre muy cerca de lograrlo. Ante esta tesitura, es consciente de la necesidad de cimas que poder vender a los patrocinadores para ser capaz de transformar su pasión en profesión (con todo lo que ello conlleva).

En 1992 asciende el Nanga Parbat y se marca el gran objetivo de su carrera hasta entonces para el año siguiente, el Everest. Decidido a conquistarlo a toda costa, recurre al oxígeno artificial para conseguirlo, algo de lo que después se arrepentiría. Además, en el descenso, sufre la primera de las desgracias a las que ha tenido que hacer frente en estas tres décadas. Su amigo Antonio Miranda resbala y muere tras caer durante más de dos mil metros.

Pese al enorme varapalo, Juanito no renuncia a su sueño y unos meses después, en 1994, regresa para hollar el inexpugnable K2 junto a los Iñurrategi por la Ruta de los vascos.

1995 supone el primer gran punto de inflexión en la carrera de Oiarzabal. Lo inicia con cinco ochomiles en su haber y lo concluye con ocho tras añadir a la lista el Makalu, el Broad Peak y el Lhotse. Ese espectacular balance le impulsa definitivamente, a los 39 años, a entrar en la carrera por completar las catorce montañas más altas del planeta. Un reto que lograría finalmente en 1999 -coronando el Annapurna-, siendo la sexta persona en lograrlo. El camino hasta ese hito, una vez más, no fue ni mucho menos sencillo. En el Kangchenjunga (1996), solo la ayuda de los hermanos Iñurrategi le salvó de una muerte segura en un descenso al que llegó completamente exhausto, y en su primera expedición al Shisha una avalancha acabó con la vida de su amigo José Luis Zuloaga (otro de sus grandes compañeros, Atxo Apellániz, también pereció en el K2). Pese a todo, enlaza un ochomil tras otro hasta que el 29 de abril de 1999 holla el Annapurna -coincidiendo con el 50º aniversario de la primera ascensión a esta cima- y cierra el círculo.

El Everest sin oxígeno

Lo que para muchos hubiera sido el punto final perfecto a una vida dedicada a la montaña, en su caso se convierte solo en un punto y seguido. Con la espina clavada de haber llegado hasta el lugar más elevado del planeta con la ayuda de oxígeno, se marca volver al Everest como su siguiente desafío. Y de nuevo su testarudez le lleva a conseguirlo. Le hacen falta dos intentos. Tras no poder lograr su objetivo en 2000, regresa en 2001 y, esta vez sí, llega a la cumbre -con el también vitoriano Juan Vallejo- sin oxígeno.

Sin ningún pero ya en su brillantísimo expediente, Oiarzabal se plantea qué hacer a partir de ese momento y, como no podía ser de otra manera, decide continuar ligado a la montaña de máxima dificultad. Disfrutando probablemente de su momento de mayor popularidad y formando parte del grupo del programa de televisión Al filo de lo imposible, enlaza expediciones y cumbres (Cho Oyu en tres ocasiones, Hidden Peak y Gasherbrun II) que le llevan a ser el hombre con más ascensiones a ochomiles del planeta por delante incluso de mitos como el tirolés Reinhold Messner.

Y así llega hasta otro de los momentos clave de su dilatada trayectoria, el intento de repetir cumbre en el peligroso K2, uno de los lugares donde más montañeros han perdido la vida. Junto a la tolosarra Edurne Pasaban -enfrascada entonces en la carrera por ser la primera mujer en hollar las catorce cimas más altas del planeta-, logra llegar al punto más elevado de esta mole pero el enorme esfuerzo que debe realizar para conseguirlo le pasa factura en el descenso. Tras perderse y llegar incluso a temer por su vida, finalmente alcanza el campo base con graves congelaciones que se traducirían en la amputación de todos los dedos de los pies (Pasaban también perdió dos falanges). Un dramática experiencia que para prácticamente el resto de los humanos se traduciría en su adiós definitivo al alpinismo.

Dura recuperación

Sin embargo, si de algo puede presumir Juanito es de una personalidad a prueba de bombas que no se deja guiar por la opinión mayoritaria. Por eso, pese a ser probablemente más consciente que nadie de lo que suponía la pérdida de los diez dedos de los pies, volvió a tirar una vez más de cabezonería para no arrojar la toalla. Y así, tras muchos meses de rehabilitación y cuidados de su amigo Kiko Arregui (neurocirujano experto en congelaciones y ángel de la guarda de prácticamente todos los montañeros de élite), comenzó a preparar su regreso con las habituales subidas al Gorbea hasta que creyó estar en condiciones de reemprender su relación con los ochomiles. Así, en 2006 partió hacia el Kangchenjunga para tratar de ascender el Yalung Kang. Esta expedición supuso una bofetada de realidad para el vitoriano, que debió darse la vuelta al no ser capaz de llegar hasta la cumbre. En uno de sus habituales calentones verbales, anunció que ese era el punto final de su carrera. Pero, como suele ocurrirle, tardó poco en arrepentirse. Al año siguiente regresó al Shisha Pangma aunque tampoco pudo llegar a la cima. Sí lo conseguiría, sin embargo, en mayo de 2008 en el Makalu. Esa definitiva constatación de su regreso a la primera línea se convirtió en el empujón definitivo para que Oiarzabal continuase enfrentándose a nuevos desafíos.

El siguiente escalón de la impresionante escalera del vitoriano fue el Kangchenjunga en 2009. Y un año más tarde tuvo lugar otro punto de inflexión, de nuevo marcado por la tragedia, en su trayectoria. La víspera de San Prudencio holla el Annapurna (el ochomil más peligroso estadísticamente) tras una durísima ascensión final de más de catorce horas. Junto a él, Carlos Pauner y Tolo Calafat. Este último, sin embargo, desfallece en el descenso y termina pereciendo ante la negativa de la coreana Eun-Sun Oh a ceder a sus sherpas para intentar su rescate. Sus compañeros, mientras tanto, tienen que ser rescatados por un helicóptero en el campo IV, a casi 7.000 metros de altura. La muerte del balear deriva en una agria polémica que, una vez más, tiene a Juanito en su epicentro.

Más problemas de salud

Una polémica que se repite en 2011 con la que hasta entonces había sido discípula, compañera y amiga, Edurne Pasaban. El alavés hace cumbre en el Lhotse pero la falta de hidratación en el descenso le provoca un gran bajón físico que hace que tenga que ser ayudado en la última fase del mismo por el grupo de la tolosarra. Las declaraciones posteriores de unos y otros provocan una gran marejada que, con el paso del tiempo, dio paso a una normalización de su relación.

Con 26 ochomiles ya a sus espaldas, Juanito acelera en busca de completar su segunda ronda en estos colosos. Así, en octubre del mismo 2011, consigue llegar a lo más alto del Manaslu, aunque en la bajada pierde la visión de un ojo y sufre problemas respiratorios que ya le habían afectado en el Lhotse. Pese a ello, mantiene su apuesta y en mayo de 2012 acude a una nueva cita con el Shisha Pangma. Pese a que en un principio cree haber llegado a la cima, al final confirma que fue un error y se queda a cincuenta metros. Además, sufre un edema pulmonar que se suma a la embolia que arrastra desde el año anterior. Por todo ello, anuncia que abandona el proyecto 2x14x8.000. Pero, una vez más, se arrepiente y el próximo mes de junio lo retomará intentando subir el Broad Peak, uno de los cuatro ochomiles que le restan por duplicar. Conociéndole, seguro que lo logra.

Everest 8.848 metros 2 veces Lo asciende por primera vez en 1993 con oxígeno y se quita la espina el 23 de mayo de 2001.

Manaslu 8.163 metros 2 veces El último que ha subido hasta ahora (octubre de 2011) y sufrió problemas de salud que le hicieron parar.

K 2 8.611 metros 2 veces Abre la ‘Ruta de los vascos’ con los Iñurrategi (1994) y repite en 2004 pero pierde los dedos de los pies.

Nanga Parbat 8.125 metros 1 vez Lo conquista en 1992 tras una serie de expediciones de gran dificultad sin el éxito de la cima.

Kangchenjunga 8.586 metros 2 veces En su primer ascenso, en 1996, los hermanos Iñurrategi le salvan de una muerte segura en la bajada.

Annapurna 8.091 metros 2 veces En 1999 cierra su primera ronda de los catorce ochomiles y en 2010 muere su compañero Tolo Calafat.

“¿Las congelaciones? Me pasé dos meses viendo cómo avanzaba la necrosis y los dedos se convertían en mármol”

Lhotse8.516 metros2 veces Lo asciende por primera vez en 1995 y en 2011 la ayuda que recibe provoca una polémica con Pasaban.

Hidden Peak8.068 metros2 veces Con la segunda ascensión a esta montaña se convierte en el hombre con más ochomiles hollados.

Makalu8.465 metros2 veces Su segunda cima en esta montaña, en 2008, es el primer ochomil que logra tras la pérdida de los dedos.

Broad Peak 8.047 metros 1 vez Tras conquistarlo en 1995, el próximo verano tratará de repetir junto al también alavés Alberto Zerain.

“Pese a los numerosos avances de hoy, no hay montañeros a la altura de los grandes” juanito oiarzabal

Montañero Cho Oyu 8.201 metros 4 veces Fue el inicio de todo el 15 de mayo de 1985 y lo ha conquistado en otras tres oportunidades.

Shisha Pangma 8.046 metros 1 vez lo corona en 1998. Una avalancha acaba allí con la vida de su amigo José Luis Zuloaga.

Dhaulagiri 8.167 metros 1 vez Uno de los últimos de su primera ronda, en 1998. Es uno de los que le restan para ‘doblar’.

Gasherbrun II 8.035 metros 2 veces lo asciende en 1987 junto a Atxo Apellániz sin permiso y en alpino y repite posteriormente en 2003.

A lo largo de estos años el montañero alavés ha realizado 48 expediciones a las cumbres más altas del planeta

Le faltan Broad Peak, Nanga Parbat, Dhaulagiri, y Shisha Pangma para ser el primero en ascender dos veces los catorce colosos

En los treinta años que lleva desafiando a los colosos de más de 8.000 metros de altura, Juanito Oiarzabal ha conseguido hacer cumbre en 26 ocasiones, siendo el hombre con más ochomiles en su currículo. En junio intentará añadir una más en el Broad Peak. Por Txema Sierra Luis Ángel Argote

Reconocimiento unánime

Amigos de Juanito alaban sus bondades como montañero y desvelan algunas anécdotas de sus 26 expediciones

Posiblemente, no habría páginas de periódicos para contar las anécdotas que encierran muchas de las expediciones de Juanito Oiarzabal, un tipo que no deja indiferente a nadie y con una trayectoria tan amplia a sus espaldas que le ha llevado a coleccionar cientos de amigos y también algún enemigo. DNA ha pulsado la opinión de la gente que mejor le conoce y con la que ha compartido horas y horas en la montaña en las más adversas situaciones. Médicos, fisioterapeutas, enfermeras, varios periodistas que intentan hacerle una entrevista… Todos tienen algo que contar de un hombre que se ha jugado literalmente el pellejo en los lugares más recónditos y peligrosos del mundo.

“No es un buen paciente, para nada. Y el que diga lo contrario, miente. No me ha hecho caso en casi nada. O lo coges como es o lo tiras, pero es un hombre entrañable”, reconoce Kiko Arregui, el neurocirujano que le trató de las graves congelaciones que sufrió en una de sus célebres ascensiones al K2. Entre los vicios conocidos del montañero vitoriano se encuentran esos cigarrillos de más o los tragos a la botella de vino que no faltan tras una cumbre o el descanso en un campo base. “Cuando consiguió el Everest sin oxígeno por la cara norte se lo encontraron a 8.100 metros mientras descansaba. Desde el despacho que te hablo, por mediación de Sebas Álvaro y todo el dispositivo que tenían de conexiones en altura conseguí hablar con él a esa altura. Le dije que para subir al Everest sin oxígeno tenía que dejar de fumar. Lo había hecho”, recuerda orgulloso Arregui.

Una persona como Juanito, que hasta hace un par de años empalmaba viaje tras viaje para escalar ochomiles con el consiguiente sufrimiento para su mujer y sus dos hijos, despierta admiración, elogios y críticas a partes iguales. Como los de Juan Gandía, el asesor técnico de su primer ochomil al Cho Oyu que aprovechó aquella expedición para realizar un estudio de patología en altura y publicar un libro que es referencia en el mundo de la medicina de montaña. “Hay una frase famosa que es que el deportista de élite nace y luego se hace. Juanito es un ejemplo de deportista de elite en su actividad que posee unas facultades naturales extraordinarias y fuera de lo normal para adaptarse a la altura. Las ha pasado canutas muchas veces, pero va saliendo de una y otra. Tiene secuelas importantes, pero su vida es esa y su mundo es ese. Hay cosas de su alimentación o de sus hábitos que podía cuidar más”, admite entre risas quien encumbró el Centro de Medicina Deportiva de Vitoria durante tres décadas.

Martín Fiz, otro de sus ilustres amigos, es otro de los que ha pasado mucho tiempo con él en la montaña, sobre todo en 2006 en el Aconcagua. Sus palabras al respecto no dejan lugar a la duda. “Se mueve por ella como si fuera la calle Dato. Tiene el culo súper pelado. Me sacó incluso fotos en un sitio que veía peligroso. Estaba acojonado pensando que me iba a precipitar hacia el vacío y él se desenvolvía como una cabra loca. Me llama la atención cómo ve la montaña y el rollo que tiene con ella. Es un amor-odio. Es increíble cómo le respetan otros montañeros”, ensalza el maratoniano.

A juicio de Sebas Álvaro, quien fuera director del programa Al filo de lo imposible, Juanito “está entroncado seguramente con la mejor corriente del montañismo español de todos los tiempos”, aunque hace una aclaración importante a la hora de valorar en una justa medida sus hazañas. “Yo sitúo sus éxitos en el momento que los hizo. Creo que no valen igual los ochomiles de hoy que los de hace treinta años. Aquel alpinismo era mucho más innovador, atrevido, arriesgado y más limpio que el que vemos ahora. De Juanito me interesan sus primeros ochomiles o el haber acabado en 2001 los catorce sin botellas de oxígeno”, enfatiza. Fuera de la montaña, su carácter tampoco deja indiferente a nadie. “Fomenta una imagen peor de la que es, la de gruñón siempre malhumorado, diciendo tacos… El reflejo de El Conquistador del fin del mundo, la Isla de los famosos… Todo esto no le hace justicia. Me quedo con la lealtad de un amigo que sabes que te es fiel hasta el final. Por eso, le quiero tanto a pesar del propio Juanito”, ensalza del montañero.

De sobra es conocido el fuerte carácter de Oiarzabal y que su ‘incontinencia verbal’ le ha generado más de una polémica. Una de las más sonadas fue con la tolosarra Edurne Pasaban, casi discípula suya y a la que había acompañado en su carrera por ser la primera mujer en hollar los 14 ochomiles. En 2011 Juanito holló el Lhotse pero en el descenso, ya cerca del campo base, sufrió un fuerte desvanecimiento. El grupo de la guipuzcoana -que intentaba ascender al Everest- acudió en su ayuda. Al alavés le molestó sobremanera el uso que se hizo de aquellas imágenes y que Pasaban apuntase a este hecho como explicación a no poder llegar a su cima. Se generó una cascada de declaraciones cruzadas que terminaron con la ruptura de la relación entre ambos. Un vínculo que, con el paso del tiempo, se recompuso. Por Oscar San Martín

 

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